Esperando que desde algún lugar del cielo Dios los vea, algunos hombres se reúnen los domingos en torno al fuego ceremonial. A sus garras lanzan costillas y más costillas, intentando que el Creador capte el mensaje. Porque la mujer es fantástica, claro, pero el séptimo día de la semana, cuando descansa, el hombre tiene sus dudas. ¿Y si Dios nos hubiera dejado con todas las costillas? ¿Qué habría pasado de ser el mundo absolutamente masculino? ¿No viviríamos mejor?