Para buscar la suerte los cazadores se equipan a conciencia, aunque nadie sabe bien si es necesario llevar un rifle de repetición, una red o un desintegrador de partículas. La suerte nunca aparece físicamente, es esquiva, le molesta que hablen de ella. Los cazadores están desconcertados, recorren selvas, desiertos, admones de lotería y nunca están cara a cara con ella. Algunos han abandonado su búsqueda y se sientan en un buen sillón a esperarla. Y, cosas de la vida, algunas veces llega. Por la espalda, con sigilo, salta sobre uno de nosotros (afortunado o infortunado, he aquí la cuestión) y lo devora, le desgarra las entrañas y acaba con él mientras a su alrededor se oyen gritos y se agitan con fuerza las primeras botellas de champagne francés.