El amor en las cavernas no tuvo nada de romanticismo ni hermosura. Aquí te pillo, aquí te mato. Con el tiempo el clima se hizo menos abrupto y los seres humanos se despojaron de sus ropas. Surgieron los verdes prados y las florecillas. Todo era felicidad pero alguien echó de menos la acción directa. Tomó una humilde margarita y comenzó a arrancarle pétalos: sí-no-sí-no. El amor volvió a convertirse en una práctica enervante y a depender de una ciencia tan veloz como las matemáticas.