En aquel tiempo las letras se sentaron alrededor de una mesa y tomaron una decisión trascendental para el futuro de la lingüística: eran necesarias partículas superiores, algo así como moléculas con significado. Cada una de ellas nombraría un objeto del universo y tendría un significado preciso. Nacieron las palabras y la humanidad fue feliz. Pero pronto surgieron los primeros defectos en el sistema: polisemia, sinónimos, metáforas y toda una pléyade de artículos nuevos que se fueron añadiendo como hijos bastardos a la luminosa ley original. Las letras, desde entonces, añoran el paraíso perdido en el que vagabundeaban elementales, desnudas y sin ningún, ningún significado.