Hay objetos que no pueden vivir solos. Cuando ven a un semejante se lanzan a sus brazos, se besan y se declaran amor eterno. Surgen los matrimonios, cuyo más espiritual finalidad es la procreación (eso dicen, pero tú y yo sabemos que hay otras cositas).
Hay objetos que no pueden vivir solos, pero tampoco son partidarios del matrimonio. Se reconocen, se acercan y caminan por la vida siguiendo senderos paralelos. No desean traer al mundo nuevas criaturas sino convertirse en una unidad de potencia superior. Surgen los dípticos.




todo gira a su alrededor y nada escapa de su influencia
aicneulfni us ed apacse adan y rodederla us a arig odot
todo gira a su alrededor y nada escapa de su influencia




Los aficionados al gol son los bulímicos del deporte. Nunca se conforman con el uno a cero. Hay que machacar, hundir al rival y la pena es que vayamos ganando seis a cero y el árbitro pite el final. Golear es peor que matar a alguien porque con un disparo es suficiente pero nunca hay goles bastantes para humillar al Madrid o al Barcelona, al Betis o al Sevilla. El uno, dijo un escritor famoso, es el número perfecto; los demás son burdas imitaciones. Totalmente en desacuerdo para las goleadas.




Aquí Platón tendría mucho que decir porque:
1. Los indios son siempre genéricos, abstractos, la idea en sí. Son una sospecha permanente detrás de la línea de una montaña y provocan miedo en los niños y las esposas de los sargentos (también algún suspiro y/o sofoco en estas últimas).
2. El apache, en cambio, es muy concreto y sucio, echa un olor a campo bastante intenso y se deja ver en lo alto de la montaña, con sus plumas y sus caballos blancos de manchas marrones. Cuando llegan al campamento cortan cabelleras y violan a las esposas y, algunas veces, hasta a los sargentos.










El hombre y el número han llevado vidas paralelas. Han crecido, se han multiplicado y se han hecho los dueños de sus respectivos mundos. Sólo una cualidad los distingue: la potencia. Gracias a ella, un número, con la ayuda de un segundo número, puede convertirse en un tercero, mucho más poderoso y feliz. El hombre nunca consiguió esta habilidad y ha de conformarse con ser quien es. Claro que ahí está el teatro para aliviar los afanes transmigratorios.


Esperando que desde algún lugar del cielo Dios los vea, algunos hombres se reúnen los domingos en torno al fuego ceremonial. A sus garras lanzan costillas y más costillas, intentando que el Creador capte el mensaje. Porque la mujer es fantástica, claro, pero el séptimo día de la semana, cuando descansa, el hombre tiene sus dudas. ¿Y si Dios nos hubiera dejado con todas las costillas? ¿Qué habría pasado de ser el mundo absolutamente masculino? ¿No viviríamos mejor?


Entre el plácido almuerzo y el gran mar de la tarde hay unas aguas turbulentas que son muy difíciles de sortear: la sobremesa. Al no poder con su enemigo, el hombre se unió pronto a él. Descubrió el sofá y sobre él realiza la navegación con éxito. Antes los hombres honrados llegaban a casa después del trabajo y se echaban un rato. Y cuidado con molestar. Ahora no se duerme, se reflexiona sobre la dureza de la vida: leones comiendo hervíboros o montañas comiendo ciclistas. Sea como sea, el sofá sigue ahí, ofreciendo sus almohadones para salir ilesos de las procelosas aguas de las cuatro de la tarde.



