A todos nos suenan sus rostros, sus nombres, los de sus novios, hijos y profesores de Pilates. Son los ilustres, los superiores, los notables. ¿De verdad piensa usted que la muerte nos va a meter a todos en el mismo agujero y a convertirnos en las mismas cenizas? Confórmese con sacar buenas notas en comportamiento para intentar pasar la eternidad en un pisito de sesenta metros a la diestra del Altísimo. Porque, aunque nadie lo ha contado hasta ahora, la muerte para los ilustres será tan emocionante como sus vidas.


Señora mandataria que duda entre usar su apellido para introducir su nombre y lanzarlo al mar o descorcharlo y servir su contenido muy frío en copas de flauta.


Por treinta y cinco euros usted puede ponerle nombre a una estrella. Algunas ídem han utilizado los servicios de las empresas dedicadas a estos menesteres y el cielo está repleto de puntos de luz llamados Elton John, Steven Spielberg, David Bowie, Mick Jagger, Princess Diana o Frank Sinatra. Si usted no tiene dinero para ponerle nombre a una estrella puede hacer lo contrario: poner una estrella a un nombre. Es gratis.

Señor balompédico que se dedica a derribar todas aquellas más altas que las de su propio apellido y convertirlas en el oro del siglo veintiuno, ése que tiene tres letras y se grita desde las gradas.

Actor americano que sólo dispone de dos caras para interpretar sus papeles: con una de ellas rodaron La guerra de las galaxias; con la otra Indiana Jones. Se intentó hacerlo pasar por presidente, policía, asesino... Nada de nada.

Juan, Juan, Juan, Juan, Juan. Si uno se enamora de su nombre y no para de gritarlo a los cuatro vientos desde la terraza es muy posible que acabe siendo confundido con un can. Juan, Juan.

Estamos todos de acuerdo en que perder al marido y pasarse la vida tejiendo y destejiendo una madeja para espantar a los pretendientes es lo más parecido a llevar sobre las espaldas del nombre un largo madero atravesado en su parte superior por otro más corto.

Gran rey que sintió en el fondo de su pecho la llamada de la selva. Lo dejó todo: trono, súbditos, herencias, y se marchó al África tropical a cazar gacelas y ñúes. Canal Odisea no cabe en sí de gozo

