En aquel tiempo las letras se sentaron alrededor de una mesa y tomaron una decisión trascendental para el futuro de la lingüística: eran necesarias partículas superiores, algo así como moléculas con significado. Cada una de ellas nombraría un objeto del universo y tendría un significado preciso. Nacieron las palabras y la humanidad fue feliz. Pero pronto surgieron los primeros defectos en el sistema: polisemia, sinónimos, metáforas y toda una pléyade de artículos nuevos que se fueron añadiendo como hijos bastardos a la luminosa ley original. Las letras, desde entonces, añoran el paraíso perdido en el que vagabundeaban elementales, desnudas y sin ningún, ningún significado.


Hermosa teoría que sirve de consuelo a los obesos si se tiene en cuenta que de aquellas inútiles luminarias surgió, después de un atracón de materia, el universo que hoy conocemos.

El gran invento de los ingleses no es el criquet ni la salsa de arándanos. Su mayor contribución a la grandeza del género humano es la hora del té. Hasta ese momento todo en la naturaleza parecía tener una ceremonia perfecta y estructurada para los grandes momentos: los insectos desaparecen unos minutos antes de que la lluvia empape la tierra; los caballos relinchan antes de un terremoto; las gaviotas organizan sus chidadizas cuando la tierra está cerca. Estos puntos de inflexión no existían en el género humano hasta que llegó el té de los ingleses. La tarde quedaba dividida en dos mitades sin que se tenga muy claro para qué sirve cada una de ellas. Pura estética, pura grandeza con sólo tres minutos de reposo.


Curioso conjunto de islas en el que florecieron dos profesiones principales: los filósofos y los héroes. Los primeros pensaban que la única manera de ocupar la mente ajena era introducirse en ella a base de razonamientos y silogismos. Los segundos pensaban que la única manera de ocupar las ciudades ajenas era introducirse en ella a base de falsos regalos.

Héroe legendario que no soportaba los continentes siameses.


Ciudad americana en la que predomina el cactus
Especie de ladrillo para cubrir los texados

Apéndice que absorbe el dolor que en un principio iba destinado a la punta del dedo. Se cree que es un endemismo en vías de desaparición porque el dolor que el dedo experimentaría sin la protección de la uña es bastante inferior al que soporta con ella. El mundo anglosajón ya ha utilizado el cortauñas en el lenguaje cotidiano suprimiendo el apéndice que cubría la ene.

