Se crea un alfabeto con un puñado de letras relucientes. Se inventan categorías y se distribuyen en grupos: las vocales aquí, las consonantes allá. Después de un tiempo de adaptación se introduce todo en un bol y se agita vigorosamente. En los primeros intentos sólo se consigue que las mezclas sean de pocos elementos y bastante sositas. Las letras no están dispuestas a entablar relaciones con el primero que se presente en sus vidas. Pero no se desanime y ponga interés en los entrenamientos. Si no consigue pasar de las primeras mezclas confórmese con el resultado. Yo lo hago.










En aquel tiempo las letras se sentaron alrededor de una mesa y tomaron una decisión trascendental para el futuro de la lingüística: eran necesarias partículas superiores, algo así como moléculas con significado. Cada una de ellas nombraría un objeto del universo y tendría un significado preciso. Nacieron las palabras y la humanidad fue feliz. Pero pronto surgieron los primeros defectos en el sistema: polisemia, sinónimos, metáforas y toda una pléyade de artículos nuevos que se fueron añadiendo como hijos bastardos a la luminosa ley original. Las letras, desde entonces, añoran el paraíso perdido en el que vagabundeaban elementales, desnudas y sin ningún, ningún significado.
Hay objetos que no pueden vivir solos. Cuando ven a un semejante se lanzan a sus brazos, se besan y se declaran amor eterno. Surgen los matrimonios, cuyo más espiritual finalidad es la procreación (eso dicen, pero tú y yo sabemos que hay otras cositas).
Hay objetos que no pueden vivir solos, pero tampoco son partidarios del matrimonio. Se reconocen, se acercan y caminan por la vida siguiendo senderos paralelos. No desean traer al mundo nuevas criaturas sino convertirse en una unidad de potencia superior. Surgen los dípticos.











A todos nos suenan sus rostros, sus nombres, los de sus novios, hijos y profesores de Pilates. Son los ilustres, los superiores, los notables. ¿De verdad piensa usted que la muerte nos va a meter a todos en el mismo agujero y a convertirnos en las mismas cenizas? Confórmese con sacar buenas notas en comportamiento para intentar pasar la eternidad en un pisito de sesenta metros a la diestra del Altísimo. Porque, aunque nadie lo ha contado hasta ahora, la muerte para los ilustres será tan emocionante como sus vidas.